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Buscando soluciones a la inactividad física desde la ignorancia y algunos datos

Como ya comentamos en otro post, hasta hace bien poco en nuestra historia como especie humana, realizar actividad física había estado íntimamente ligado a la supervivencia.

Si teníamos hambre o algún peligro acechaba cerca nuestro instinto nos llevaba a movernos, bien para conseguir el alimento o bien para escapar de dicho peligro.

Más adelante en la historia, aunque ya no teníamos que cazar y recolectar lo que llevarnos a la boca o escapar de tigres y leones para conseguir sobrevivir en esta nuestra sociedad las personas teníamos que hacer trabajos físicamente activos.

Sin embargo, hoy en día podemos conseguir sustento y comida sin ni siquiera movernos. Esto hace que la actividad física pase de ser una obligación a una opción. Y como ya todos sabemos, esta no es una opción que la mayoría escojan.

Por ello, en este post me gustaría hacer algunas reflexiones sobre ¿por qué nos movemos?, ¿por qué no nos movemos? y ¿cómo podemos hacer que la gente que no se mueve se mueva más?

Primera pregunta ¿por qué nos movemos?

De acuerdo con la encuesta sobre hábitos deportivos en Euskadi, los vascos y las vascas realizamos deporte principalmente por diversión, seguido del objetivo de mantener la línea, quedando en tercer lugar los motivos de salud y/o la prescripción médica. 

Por sexos, las mujeres realizan actividad física fundamentalmente por mantener la línea (36% de las mujeres) y por diversión (26%). Los hombres, sin embargo, realizan actividad física sobre todo por diversión (50%) y por mantener la línea (17%).

En esta encuesta solo podemos observar por qué las personas hicieron actividad física en el último mes, pero no sabemos cuántas de esas personas acaban de comenzar a realizar actividad física o llevan ya tiempo realizándola, por lo que no podemos determinar si esos motivos son para comenzar con la actividad o para mantenerla. Esta falta de información es recurrente en la bibliografía y son pocos los estudios que diferencian entre motivos para el comienzo o mantenimiento; estudiando simplemente las motivaciones para realizar actividad física. Sin embargo, Dishman, R. (1994) sí que realizó esta división en su estudio; observando que el principal motivo para comenzar a realizar actividad física era por mejorar la salud, mientras que cuando preguntó por los motivos para el mantenimiento de la misma, la diversión y la relajación fueron los principales motivos citados. Esto unido a que el mantenimiento de la actividad física por simples motivos de salud desaparece durante los primeros 3 meses (3), podría explicar por qué la mitad de los y las participantes en programas de actividad física abandonan antes de cumplir los primeros 6 meses.

Figura. Razones para la práctica de actividad física en Euskadi
Fuente: Encuesta de hábitos deportivos Euskadi 2009

Segunda pregunta: ¿por qué no nos movemos?

Dentro de este punto deberíamos diferenciar entre factores ambientales, factores personales y factores inconscientes.

Los trabajos cada vez más sedentarios, el tipo de entorno urbano, tener fácil acceso a centros o áreas deportivas y el nivel socioeconómico serían factores de tipo ambiental que influirán en que realicemos más o menos actividad física.

En cuanto a los factores personales, sabemos que es menos probable que las personas sean activas si reconocen ciertas barreras. Las barreras más frecuentes suelen ser la falsa percepción de la falta de tiempo; la percepción de que uno o una misma no vale para la actividad física (particularmente mujeres); las preocupaciones sobre seguridad personal; sentirse demasiado cansado o cansada; o la falsa percepción de que uno o una es ya suficientemente activa (1).

Por otro lado, estarían los factores inconscientes de los que normalmente no se habla tanto. 

Dentro de estos, encontramos la Teoría de la minimización de costos energéticos (TECM) (2). Esta teoría hace referencia a nuestra inclinación evolutiva para evitar el esfuerzo físico innecesario (con el objetivo de ahorrar energía) como una fuerza instintiva que puede dificultar la capacidad de las personas para llevar su intención consciente de ser físicamente activas. Se teoriza que esta tendencia automática de optimización del esfuerzo es un proceso anclado neurobiológicamente, y esto podría explicar por qué en muchas ocasiones escoger la opción de la inactividad física es mucho más sencilla y tentadora que la del movimiento.

Así, la TECM asume que los factores ambientales (como tener un coche o el ascensor a mano) pueden incentivar las oportunidades de llevar a cabo este instinto de reducir el costo energético (2). La disponibilidad de recursos cognitivos, como educación sobre los beneficios de la actividad física, o afectivos, como haber sentido los beneficios del ejercicio respectivamente, pueden debilitar en parte esta tendencia automática (2).

En este sentido, si no actuamos con educación desde edades tempranas y cambiando el entorno para romper esta tendencia innata, corremos el riesgo de arraigar un hábito nocivo como es el de la inactividad física. 

A día de hoy sabemos que en gran medida son los hábitos, y no el pensamiento lógico, los que dirigen la conducta de muchas personas. Es evidente que las conductas problemáticas van en contra de la lógica, por tanto, deben ser motivadas por procesos que no operan a este nivel.

La neuroplasticidad explica por qué es difícil revertir conductas muy repetidas, como la inactividad física. A lo largo de los años el sistema nervioso forma una red de conexiones neuronales densas que propician desde la estructura neuronal el propio hábito. Estas conductas inactivas serán especialmente reforzadas (y repetidas en el futuro) si están disminuyendo un afecto negativo (ej: comer chocolate viendo Netflix para aliviar mi estrés o ansiedad en el trabajo). El mecanismo queda muy reforzado hedónicamente y la relación entre estímulo (estrés, ansiedad) y respuesta (sedentarismo + comer dulce) es memorizada en el inconsciente como respuesta positiva (1). Llegados a este punto, la capacidad de cambiar se ve francamente dificultada.

Resumiendo todo lo dicho anteriormente, podemos concluir que si tenemos opciones a mano para ser inactivas en vez de activas, nuestros instintos más primarios nos van a lanzar a la opción sedentaria. Si además, asociamos esta inactividad física como solución a otros problemas, el mecanismo se verá mucho más reforzado. Sin embargo, si nos han inculcado a fuego lo importante de hacer actividad física y si además, desde pequeñas, hemos sentido estos beneficios en nuestras carnes, es mucho más probable que resistamos la tentación y tomemos la opción realmente más saludable.

Tercera pregunta: ¿cómo podemos hacer para que la gente que no se mueve se mueva más?

Con todo esto mi opinión sobre qué podemos hacer es bastante clara, que no sencilla de aplicar:

  1. Desde edades tempranas educar sobre la importancia de la actividad física. No simple teoría, sino pedagogías activas que hagan que el mensaje cale a nivel cognitivo, físico y emocional.
  2. Restringir las opciones sedentarias a nivel urbanístico, y solo permitir su uso a las personas que estrictamente las necesiten por fuerza mayor. ¿Polémico?
  3. En toda intervención de actividad física sea con los y las más txikis, con personas enfermas, con mayores o con quién sea, buscar el disfrute de la persona y que está perciba la actividad física como algo divertido y positivo; y no como una obligación por salud o estética. Tengamos claro que la gente puede que comience a hacer la actividad porque su médico o médica se lo ha recomendado, pero si queremos que se mantenga activa debemos lograr que se divierta con la práctica.

¿Qué creéis que se debería hacer para facilitar que seamos personas más activas?

  1. Arrieta, U. (2019). Estrategias psicológicas para la promoción y mantenimiento de la Actividad Física: Apuntes Curso Orientador Actividad Física Mugiment.
  2. Cheval, B., Orsholits, D., Sieber, S., Courvoisier, D., Cullati, S., and Boisgontier, M. P. (2018c). Cognitive resources explain engagement in physical activity and its age-related decline: a longitudinal study of 105,206 participants. SportRxiv. doi: 10.31236/osf.io/pagx6
  3. Dishman, R. (1994). Advances in Exercise Adherence. Champaign: Human kinetics.
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